La forma en que se organiza el trabajo está cambiando, y lo está haciendo en silencio.
En muchos sectores, ya no es necesaria la figura de un encargado que vigile desde una oficina o recorra el centro de trabajo. Ya que el control ahora lo ejerce un sistema automático. Un algoritmo que reparte tareas, fija ritmos, mide tiempos y evalúa el rendimiento sin descanso. Sin pausas. Sin contexto. Sin entender el cansancio que la persona trabajadora sufre.
Este modelo de organización, que no hace tanto podría parecer futurista, está cada vez más extendido. Es una realidad presente en sectores como el reparto a domicilio, la logística, centros de atención telefónica, el comercio o entornos digitales. Es especialmente visible en plataformas, donde el trabajo depende de una aplicación, pero también en grandes almacenes o servicios donde cada movimiento queda registrado y analizado.
Si nos fijamos, no es casualidad que estos empleos estén ocupados, en la mayoría de los casos, por personas jóvenes, muchas veces en condiciones precarias. Tampoco lo es que haya una clara división: hombres en actividades como reparto o logística y mujeres en sectores como la asistencia telefónica y atención al cliente. En todos los casos, hablamos de trabajos donde la presión por el rendimiento es constante y donde el margen de control personal es cada vez menor.
Desde el punto de vista preventivo, no es tan preocupante la tecnología en sí, sino cómo se utiliza. Porque, si bien, el algoritmo no grita ni emite órdenes directas, si presiona y condiciona. Tampoco sanciona de forma visible, pero penaliza de forma silenciosa. Y esa presión constante tiene consecuencias muy visibles.
Debemos tener en cuenta, que, actualmente los riesgos psicosociales se sitúan entre los principales problemas de salud de origen laboral. El estrés afecta a una gran parte de la población trabajadora, y los trastornos de ansiedad y depresión se han convertido, por desgracia, en unas de las cusas más frecuentes de baja laboral de larga duración.
En el origen de este tipo de bajas, no siempre aparece un algoritmo. Pero cada vez es más difícil ignorar su papel. La presión que existe por cumplir tiempos imposibles, la evaluación constante y la hiperconectividad, generan un desgaste que no siempre se aprecia, pero se termina acumulando. Esto es lo que conocemos como tecnoestrés, un tipo de riesgo de origen psicosocial derivado del uso de las tecnologías.
El problema es que muchas empresas siguen abordando la prevención como si estos riesgos no existieran. Seguimos midiendo el ruido, la temperatura o la exposición a sustancias, pero no siempre se analiza con la misma seriedad el impacto de un sistema que marca el ritmo de cada jornada o que evalúa cada minuto de actividad. Y ahí es donde empieza el riesgo.
Es por esto que la implantación de sistemas de inteligencia artificial en el trabajo no puede hacerse solo en términos de eficiencia. Sino que requiere una mirada preventiva real. No solo se tiene que medir cuánto produce una persona, sino en qué condiciones lo hace. Se tiene que analizar si los ritmos son asumibles, si existe margen de autonomía o si el control se ha convertido en una vigilancia constante. Porque cuando cada segundo cuenta, el estrés también cuenta.
Desde el punto de vista de la prevención de riesgos laborales, lo ideal sería que antes de que las empresas introduzcan estos sistemas, se detengan a evaluar su impacto en la salud mental, en la carga de trabajo y en la capacidad real de las personas para sostener estos ritmos. A la par, deberían asumir algo que parece lógico y es que no todo lo que se puede medir debe utilizarse para controlar.
La hipervigilancia además de invadir la intimidad, también desgasta. Y trabajar sabiendo que cada pausa, cada error o cada segundo de inactividad queda registrado genera ansiedad, reduce la autonomía y aumenta el riesgo de agotamiento. Y eso, desde la prevención, es un problema claro.
Esta nueva realidad ya se viene observando desde hace tiempo. La digitalización del trabajo puede ser una oportunidad, pero también puede convertirse en una nueva forma de precariedad si no se establecen límites claros. No se trata de estar en contra de la tecnología. Se trata de evitar que se utilice sin tener en cuenta a las personas. Y cuando el cansancio no se ve, cuando el estrés no se mide y cuando la presión se normaliza, la prevención deja de cumplir su función.
El jefe invisible existe. Y sus decisiones tienen consecuencias muy reales.





















